martes, 23 de diciembre de 2014

Discurso de instalación del evento de conmemoración del Día Internacional de Lucha contra la Corrupción

9 de diciembre de 2014

Señores
Dr. Alejandro Ordoñez, Procurador General de la Nación
Dr. Nestor Humberto Martínez, Ministro de la Presidencia
Dr. José David Name, Presidente del Senado de la República

Buenos días.

Señor Procurador, muchas gracias por abrirnos la puerta de esta sede del Poder Moral de la Nación – para usar la expresión utilizada por el Libertador en el Discurso de Angostura de 1821 – en el cual se perfilaba ya la imperiosa necesidad de contar con un órgano independiente que velara por la ética pública y el buen gobierno.

Doctor Ordoñez, señor Ministro, señor Presidente del Congreso, demás asistentes, les pido la licencia de permitirme convertir mi intervención en una disquisición filosófica y ética más que en una presentación de avances de logros de la Secretaría de Transparencia.

Esos avances los podrán encontrar en este Informe Anual de Logros y Retos que desde la Secretaría hoy sacamos a la luz pública, en el que explicamos a detalle los avances en el proceso de implementación de la Política Pública Integral Anticorrupción.

Pero hoy prefiero – con esta primera intervención – mostrarle al país cuál es mi visión sobre el delicado asunto que nos ocupa, y plantear además, cuál es el rumbo hacia el cual pienso que debemos avanzar para llegar a buen puerto.
En la muy famosa República de Platón, escrita en el siglo V antes de Cristo, una de las piedras angulares de la ciencia política de la antigüedad, que por siglos irradió su luz sobre todo el pensamiento occidental y sobre toda la tradición cristiana, desde San Agustín de Hipona y llegando hasta Santo Tomás, Glaucón, uno de los sujetos deliberantes de ese famoso diálogo, hermano de Platón – por demás – afirma que las personas son, por naturaleza, injustas.

Sólo son justas – nos dice – por miedo al castigo, no por convicción. Y para sustentar su argumento narra la Fábula del Anillo de Giges, la cual siglos después inspiraría al escritor británico John Ronald Tolkien a escribir el Señor de los Anillos.

Según Glaucón, Giges es un campesino iletrado, que después de una tormenta y un terremoto feroz, encontró en el fondo de un abismo un caballo hecho de bronce. Ese caballo contenía en su interior un cuerpo sin vida, cuya única pertenencia era un anillo de oro.

Giges descubrió que el anillo le concedía a su dueño el poder de la invisibilidad. Sacando provecho del poder del anillo, Giges lo usó para enamorar a la reina y después, con su auxilio, matar al rey, apoderándose así de su reino.

Gracias al anillo, Giges hacía el mal e incrementaba su poder, se alzaba como un tirano y un corrupto, mientras que pasaba por hombre bueno frente a sus súbditos.

Esta fábula nos enseña tres cosas: primero, que es necesario que nadie quede por fuera del alcance de la ley; de su vigilancia y cumplimiento. De lo contrario, al igual que en la fábula de Giges – que con su anillo tiene el don de escapar al alcance de la ley –, es fácil que termine por reinar la tiranía, la corrupción y el crimen.

Segundo, nos enseña también que el imperio de la ley no basta por sí solo, porque a veces – sin sospecharlo – las conductas o circunstancias que ella regula permiten que el ciudadano logre escapar a su alcance. Y entonces sólo queda como última barrera frente al mal, la perversión, la corrupción y los apetitos humanos más mezquinos, la propia consciencia.

Frente a los vacíos de la ley, sólo queda la esperanza de que el espíritu y el carácter de los ciudadanos sea recto, honorable, limpio… iluminado por las reglas del imperativo categórico y de la razón universal.

Tercero, nos enseña que el mejor antídoto contra la corrupción es la visibilidad, la transparencia. Durante siglos la humanidad ha visto reinar a dictadores que, como Giges, ocultan información, camuflan la realidad, gobiernan desde la penumbra, sin rendir cuentas al pueblo, sin explicar en qué gastan el dinero de las arcas del Estado, que se roban todo, o mucho, en detrimento de los intereses de la mayoría.

Analizando estas tres lecciones, diré entonces, que la justicia y la civilización no pueden existir en un lugar en el que un ciudadano escapa a la mano de la ley y en donde – por ese hecho – reinan la tiranía y la corrupción.

Por eso, ante todo, derrotar la corrupción exige que el Estado haga respetar el ordenamiento jurídico existente, pero también – y sobre todo – exige transformar la conciencia de los ciudadanos; exige hacer los mayores esfuerzos para hacerles entender que la corrupción es la podredumbre, la corrupción es lo que está podrido, es lo más degradado de la existencia social.

Pero el respeto por la ley no viene sólo. Requiere por un lado garantizar que la justicia funciona; que no cojea y que siempre llega. Y por el otro, requiere construir una arquitectura institucional que haga del servicio público un trabajo perfectamente visible a la luz de todos.

La transparencia se convierte así en el alimento del cual se nutren los cimientos del edificio social. Sin ella, el organismo pronto se contamina, se envenena y muere.

Con ella, - con la transparencia como principio rector -, el organismo crece vigoroso, fuerte y dinámico; sano. Con ella, todo está a la luz de todos; crece la confianza; el buen entendimiento y la solidaridad ciudadana.

Con ella, además, lentamente va transformándose la conciencia social… Con ella empiezan a reducirse en número y en fuerza aquellos que creen en la corrupción como método válido para enriquecerse.

Quienes tienen ese credo no son más agudos, no son más inteligentes, no son más hábiles; esas personas en realidad se consideran a si mismas seres muy inferiores en términos de civilización… a veces sin darse cuenta.

En conclusión, la garantía del imperio de la ley para todos los ciudadanos, la transparencia plena en el manejo de la cosa pública y la transformación de la consciencia ciudadana, se constituyen en los objetivos principales y comunes alrededor de los cuales deben girar el esfuerzo del Estado y de la sociedad civil por construir una sociedad libre de corrupción y de abusos.

Y así es como, la Secretaría de Transparencia ha venido trabajando en la búsqueda de esos objetivos. Por sólo poner algunos ejemplos:

·       Impulsamos la adopción del Conpes Anticorrupción 167 de 2013;
·       Logramos la expedición de la Ley de Transparencia, construida en equipo y con el liderazgo de la sociedad civil;
·       Creamos, de la mano de la Procuraduría el Índice de Gobierno Abierto, con el cual estamos midiendo los avances de transparencia de todas las entidades territoriales;
·       Lanzamos el Observatorio de Transparencia, para medir de cara al país, los avances en la implementación de la Política Pública Integral Anticorrupción;
·       Fortalecimos, bajo el liderazgo del Departamento Administrativo de la Función Pública, el nivel y calidad de los Jefes de las Oficinas de Control Interno, a quienes esta semana estaremos evaluando;
·       Llevamos al Congreso el Proyecto de Ley por el cual cumplimos con los estándares exigidos por la Convención Antisoborno de la OECD;
·       Capacitamos cientos de Fiscales sobre el alcance de esa Convención;
·       Nos vinculamos a la Red de Transparencia y Acceso a la Información, a la cual recientemente se vinculó la Procuraduría, con quien tuve el honor y el privilegio de compartir unas intensas jornadas de trabajo en Brasilia hace algunas semanas;
·       Iniciamos el proceso de admisión a la OECD, en donde estamos esta semana presentando nuestros avances ante el Grupo de Trabajo Antisoborno; y
·       Empezamos la construcción del Plan de Acción de la Segunda Fase de Trabajo con la Alianza para el Gobierno Abierto, una red de 64 países que colaboran para cumplir los más altos estándares en materia de transparencia y prevención de la corrupción.

Pero nuestro trabajo no se queda ahí. Ahora debemos enfrentar nuevos desafíos que hasta ahora no habíamos asumido y que yo quisiera que fueran los ejes rectores del trabajo de la Secretaría de Transparencia durante los próximos años.

El primer gran desafío tiene relación con la transparencia de los Partidos Políticos. Andrew Jackson, uno de los padres de la nación estadounidense dijo en una ocasión:

“Lloro por la libertad de mi país cuando veo, en estos primeros días de su existencia exitosa, que se han imputado – numerosos – actos de corrupción a varios miembros de la Cámara de Representantes…”

Nuestro Congreso y nuestros partidos deben renovar sus votos con el país.  Pocas instituciones están tan desprestigiadas en nuestros días.

Por eso le pido hoy al Presidente del Senado, muy especialmente, que nos ayude a liderar una gran cruzada por la transparencia de los Partidos Políticos.

El país demanda saber de dónde vienen sus recursos, quiénes los financian, a qué candidatos los partidos les dan dinero, recursos o apoyo del cualquier tipo, directo o indirecto, para sus campañas políticas; a quiénes, a qué líderes, los candidatos les dan recursos para hacer proselitismo político; cómo se aseguran de que no haya compra de votos.

El país quiere saber por qué un partido apoya más a unos candidatos que a otros; quiere saber si tienen Planes Integrales para la Prevención de la Corrupción; quiere saber si tienen un Sistema de Prevención de Riesgo de Lavado de Activos y Financiación del Terrorismo; quiere saber cuántos recursos destinan a sus centros de pensamiento y si están cumplimiento con el mandato de la ley que los obliga a darles el 15% para actividades de formación y capacitación; el país quiere saber si están respetando la Ley de Protección de Datos Personales y su obligación de rendir cuentas a la ciudadanía.

En fin, tenemos mucho por hacer en este frente. Por eso invito hoy a los partidos, por conducto del Presidente del Senado, a estudiar y cumplir sus obligaciones bajo la Ley de Transparencia.

El Congreso y nuestros partidos, que deberían encarnar la voluntad general, más que nadie tendrían que dar ejemplo en esta cruzada por la transparencia que, con la Procuraduría y la Contraloría hemos venido liderando hace varios años.

El segundo gran desafío tiene relación con el fortalecimiento de la sociedad civil. La ciudadanía organizada y activa, es la consciencia viva del cuerpo social.

Su rol en la promoción de la transparencia y la lucha contra la corrupción reviste la mayor trascendencia. Pero necesitamos fortalecerla y actuar más estrechamente.

Así como en las regiones debemos activar, visitar y promover las Comisiones Regionales de Moralización, tal como el próximo 18 de diciembre estaremos haciendo en una primera visita a la Comisión Regional de Córdoba, en conjunto con el Ministro de la Presidencia, la sociedad civil organizada y la Comisión Ciudadana de Lucha contra la Corrupción deberían ayudarnos a activar Comisiones Regionales Ciudadanas que se erijan en contrapeso e interlocutores de las Comisiones Regionales de Moralización.

Esas Comisiones Regionales Ciudadanas pueden ayudar a elevar el nivel de la vigilancia, denuncia y activismo propositivo de las veedurías en las regiones, y pueden consolidar una arquitectura institucional óptima para mejorar la interlocución entre el sector público y privado en este propósito común.

El tercer desafío tiene relación con la construcción de una agenda de trabajo con enfoque territorial y sectorial. El enfoque territorial debe estar orientado a promover la transparencia y prevenir la corrupción, en las zonas de consolidación o de extrema pobreza, especialmente en el contexto de la negociación de paz y del postconflicto.

Nunca había sido tan urgente evitar la pérdida de los recursos del Estado destinados a los más desfavorecidos de la sociedad.

El enfoque sectorial, por su parte, debe estar orientado a blindar de la corrupción a los recursos de ciertos sectores neurálgicos para el buen desarrollo del país. Así, nos hemos propuesto extirpar el cáncer de la corrupción del ICBF.

Nos hemos propuesto extirpar el cáncer de la corrupción de la educación.

Nos hemos propuesto extirpar el cáncer de la corrupción de la industria extractiva.

Nos hemos propuesto extirpar el cáncer de la corrupción del sector de la salud. ¡Y lo haremos!

¡No vamos a permitir que se pierdan los recursos de la niñez!

¡No vamos a permitir que se pierdan los recursos de la educación o de la salud!

¡No vamos a permitir que se pierdan las regalías de los colombianos, ni que se trafique con las consciencias de nuestros funcionarios públicos, ni que se desprestigie el muy honorable papel que ellos cumplen en la sociedad, por cuenta de unos cuantos corruptos!

Y acá una advertencia, a los políticos que están involucrados con el desfalco del Estado, del ICBF, del SENA, del sistema de salud, les decimos que no escaparán a la lupa del Estado y de la vigilancia renovada y conjunta de la Procuraduría, la Contraloría, la Fiscalía y la Presidencia.

¡Yo empeño mi palabra en que antes de terminar este año el país entero podrá constatar la seriedad con que hemos asumido estos compromisos!

Para terminar, en su metafísica de las costumbres, Kant usaba la frase, “el cielo estrellado sobre mí, la moral dentro de mí”, para explicar la diferencia entre el mundo fenomenológico y el mundo de la razón, esa razón que dicta los imperativos categóricos del ser moral, y que es, en la práctica, el mejor antídoto contra el mal.

Su frase brilla aún en el firmamento de la consciencia humana. Hagamos que desde la altura de la historia y la filosofía, y desde la luz del futuro, nuestros ancestros y nuestros maestros – de una parte – y nuestros descendientes – de la otra – se sientan orgullos de este pueblo colombiano, que logró elevar su espíritu y liberarse del yugo de la corrupción.

Gracias.